PUBLICITARIAMENTE CORRECTO

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PUBLICITARIAMENTE CORRECTO

 

Hace ya bastante tiempo, me encontraba un día viajando a Guayaquil junto con un gran amigo
artista y aristócrata al que le estaba diseñando su libro antológico. Yo, como siempre, sentado a la
ventana del avión y él, en el asiento de la mitad, nos dispusimos a continuar alguna de las
interminables tertulias filosófico-políticas que amenizaban las tardes de briefing en su estudio.
Ese día yo le comentaba sobre mi agnosticismo cada vez más ateo y él me hablaba de lo
importante que le resultaba la fe y, en uno de esos momentos de cuestionamiento, atinó a
decirme, «¿…pero sabes qué es algo que ni siquiera Dios, en su omnipotencia es capaz de
hacer? Caerle bien a todo el mundo». Y me pareció lapidario.

 

Descubrir en el argot popular «nadie es monedita de oro para gustarle a todo el mundo» un argumento teológico-filosófico en el que ni siquiera el ser más poderoso jamás imaginado es capaz de semejante hazaña, no puede ser otra
cosa que una genialidad.

 

Sabemos que la publicidad, inseparable aliada del status quo, es menos capaz todavía. Es por
ello que existen estudios de mercado y categorizaciones de grupo objetivo: no queremos hablarle
a la gente equivocada porque no queremos que nos odien. Sin embargo, la publicidad exacerbó el tino. Pasada la era de la teatral historia de Cocacola vs. Pepsi, ya nadie se puede siquiera dar el lujo de hablar mal de sus adversarios, menos todavía de enlazar una marca con una forma de pensamiento. Es lógico: ninguna empresa quiere perderse
clientes. Poco nos interesa si el comprador es de derecha, de izquierda, conservador, liberal o extremista religioso, porque el dinero no tiene ideología.

 

Pero ni la segmentación de grupo objetivo ni la corrección política anulan un postulado tan categórico. Ni Dios es capaz de caerle bien a todo el mundo. Así que lo que hoy escribo no cabe dentro de la casilla de crónica, sino de exhortación. En un mundo cada vez más amenazado por el fundamentalismo, quiero levantar una moción publicitaria a todo el gremio. Quiero proponer que dejemos la corrección política a un lado. Porque hay ideas que no son igual de válidas que otras; hay creencias que no son igual de respetables que otras; hay discursos que no son igual de conciliadores que otros. Hay grupos que enarbolan ideas destructivas, nocivas, nefastas para todo el conglomerado de mamíferos que —aunque no nos caigan bien— conforman la humanidad. Ideologías que provocan muerte y terror, como el que vivieron hace poco los habitantes de Virginia y de Barcelona.

 

Pienso que no se puede ser conciliador con el fascismo ni respetuoso con el terrorismo, no. Y pienso también que, en una cultura en la que la publicidad es la forma más rápida de comunicación, los publicistas, junto con todos los comunicadores, tenemos la obligación moral de salir de la comodidad del territorio neutral y escoger de una vez por todas el lado contrario.

Porque si de todas maneras le estamos cayendo mal a alguien siempre, es mil veces preferible que ese odio provenga de quienes deben extinguirse para siempre.